Una breve reflexión después del sismo.

A más de una semana del sismo del 19 de septiembre es imposible no pensar en las consecuencias que nos dejó más allá de las más evidentes e inmediatas. Más allá de los daños físicos que se repararán en los próximos meses, las viviendas derribadas que serán reconstruídas y los decesos que nos duelen a todos; creo que es más que justificado el detenernos a pensar "¿Y ahora qué?".
Y no me refiero a qué es lo que sigue en cuanto a cómo puedo apoyar o qué puedo donar. Voy a ser muy repetitivo, quizá, pero va más allá.

En las redes sociales circulaban cientos de imágenes, publicaciones, estados, y demás denotando el orgullo que era ser mexicano; el orgullo de poder pertenecer a algo tan asombroso como una brigada de voluntarios, a una flotilla de ciclistas y motociclistas que transportaban la ayuda a donde más se necesitaba, las fundaciones privadas que duplicaban y hasta quintuplicaban cada donación que se realizaba, las que apoyaban con productos, los albergues, los que hacían comida, los influencers que utilizaban su nivel de convocatoria para canalizar los esfuerzos y donativos, los maravillosos y heroicos binomios caninos que nos enamoraron a todos y es que no solo los perritos lograron enamorarnos, la población en general nos enamoró a todos. Por supuesto sería un orgullo ser mexicano si eso significara tener todos las virtudes que se tuvieron en esos días de emergencia, pero, más pronto que tarde la mayoría tuvimos que pasar por un reality check.

Y es que es tan mexicano aquel que dejó media quincena en donativos como aquél que se le hizo fácil robarse los mismos o el que pensó que es buena idea darla como despensas para su campaña. Es tan mexicano el que no sacó su coche para no obstruir la circulación de la ayuda como el que cruza cuando el semáforo está en amarillo sabiendo que no cabe del otro lado y se queda a la mitad, estorbando; el que se mete al carril del metrobús o al de los ciclistas cuando hay tráfico. Es tan mexicano el que fue a apoyar desinteresadamente como el que inventó una historia de una niña atrapada sólo para tener más raiting y como el que se quedó viendo nada más por morbo. Es tan mexicano aquel que entrena a su perro y le dedica horas para que esté listo para momentos de emergencia como el que compra una mascota y la abandona, el que deja a su perro amarrado a lo que sea a pleno sol con una correa de un metro. Y así podría seguir y no parar.

Creo que quedó demostrado el poder que tenemos o que podemos llegar a tener de querer hacerlo y lo más triste es que probablemente tenga que pasar otra desgracia para demostrarlo. Quizá sea demasiado cursi o idealista de mi parte el pensar en que algún día vamos a dejar de ser egoístas y voltear a ver cómo está el de al lado, porque no porque su casa se cayó no signifique que no necesita ayuda. Me queda claro que se puede intentar ayudar y descuidarse a uno mismo; y me encantaría que quedara igual de claro para todos cuál es el bien común para, sin organizarnos como lo hicimos después del 19, podamos trabajar todos para lograrlo. Y es que tampoco es tan complicado: un lugar, el que todos compartimos, en el que todos vamos a estudiar, a trabajar, a salir con nuestros seres queridos, en el que hacemos nuestra vida diaria y que hacemos a veces inhabitable. Pero no, son mis ideas (y apuesto que también de las muchos, lástima que no sean la mayoría), mis ideas románticas de enamorar a México y enamorarme de él cómo lo hice por dos días.

Comentarios

Entradas populares